Buscaré la madriguera de mis anhelos escudriñando con mi nariz inquieta hasta encontrar esa ventana Qué me haga besarte los párpados, para suspirar en el lecho de tus sueños Sin pedir permiso escalar ese momento que guardas sin prisa y en silencio Buscando el aire que recorre tus sentidos y así fluir escuchando mis palabras salir de ti Estampando poco a poco la huella de estos bulbos carmesí que mueren por todo el manto de tu cielo blanco Recorrer tu sombra porque aún sin saber lo que busco Sé que estaría muy cerca de encontrarlo Si logrará esparcir mi aliento, poblaria cada milímetro de tu lienzo carne creando colonias de retazos de mi nombre Trepando cada vez escurridizo por los muros fronterizos que te componen inmaculado y secreto Llegando a ser consumido y vaporizado antes de llegar a tus labios Y así, solo así Tener la oportunidad de ser eterno en tus sonrisas Dejando a un lado la muerte de las horas que recorren mis días Siendo eterno en ...
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Susurro antiguo que conoce mi nombre. Se desliza entre las piedras como si acariciara el tiempo, como si cada gota supiera exactamente dónde tocar para aquietar el alma. Es un murmullo constante, envolvente, que no interrumpe el silencio, sino que lo transforma en algo vivo, en algo que respira conmigo. Hay en ese sonido una promesa: la de soltar. El agua corre sin miedo, sin apego, llevándose consigo el peso invisible de mis pensamientos. Y entonces todo se vuelve claro. Mis sentidos despiertan, pero ya no desde la urgencia, sino desde la calma. Es como si la caída de lágrimas en la montaña me enseñara a existir sin prisa, a fluir sin resistencia. Y en medio de esa serenidad, descubro que su voz habita en el mismo lugar. Tiene la misma suavidad que no exige, la misma profundidad que no se impone. Su voz cae en mí como el agua: limpia, constante, inevitablemente tranquilizadora. Cuando habla, todo ruido se disuelve, toda preocupación...