Susurro antiguo que conoce mi nombre. Se desliza entre las piedras como si acariciara el tiempo, como si cada gota supiera exactamente dónde tocar para aquietar el alma.
Es un murmullo constante, envolvente, que no interrumpe el silencio, sino que lo transforma en algo vivo, en algo que respira conmigo.
Hay en ese sonido una promesa: la de soltar.
El agua corre sin miedo, sin apego, llevándose consigo el peso invisible de mis pensamientos.
Y entonces todo se vuelve claro.
Mis sentidos despiertan, pero ya no desde la urgencia, sino desde la calma.
Es como si la caída de lágrimas en la montaña me enseñara a existir sin prisa, a fluir sin resistencia.
Y en medio de esa serenidad, descubro que su voz habita en el mismo lugar.
Tiene la misma suavidad que no exige, la misma profundidad que no se impone.
Su voz cae en mí como el agua: limpia, constante, inevitablemente tranquilizadora.
Cuando habla, todo ruido se disuelve, toda preocupación se diluye como arena entre corrientes invisibles.
Porque su voz, se desliza removiendo lo que no está firme, no solo se escucha… se siente.
Y en ese sonido encuentro un refugio, un espacio donde todo está bien, donde por un instante el mundo deja de pesar y simplemente fluye.
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